Esta
ciudad, que en su día fue cuna de la bandera mexicana y que ahora figura en los
peores acontecimientos por la muerte y desaparición de los normalistas de
Ayotzinapa, sigue presa de la violencia extrema. Solo entre el miércoles y el
viernes de esta semana, en menos de 72 horas, fueron asesinadas 14 personas en
el municipio. En el recuento del baño de sangre, publicado por El Universal, es
llamado como “un viaje a las simas de la brutalidad”.
Una
embarazada acribillada junto a su hijo, un médico tiroteado en la cabeza, un
representante agrario ultimado a la puerta de su casa, dos jóvenes baleados en
pleno centro, tres cadáveres hallados junto al río San Juan, seis ejecutados
por el extraño grupo Sierra Unida Revolucionaria… Los días se han vuelto
oscuros en esta población de 130.000 habitantes donde, lejos del discurso
oficial, el narcoterror impera y se suma al caos de un Estado en llamas.
El
narco no deja de mostrar su presencia, solo en Acapulco, se han declarado
asesinadas 137 personas en dos meses. E Iguala, íntimamente relacionada con las
sociedades del narco, le sigue los pasos.
Una
gran cantidad de grupos o “guerrilleros” se conocen en Iguala y en muchas
ciudades de nuestro país por “no tentarse el corazón” a la hora de hacerse en
armas, ya que no existe para ellos otra solución ante sus problemas, “ceder o
morir” es un dicho que algunas personas de ese entorno conocen.
Debido
a esto con buena razón las personas de esta entidad y de muchas otras afirman
que no existe la tranquilidad a su alrededor y que no hay manera de vivir en
armonía mientras nos rodee esta situación.
Como conclusión podemos llegar a que vivimos
en un país que como las autoridades no son suficientemente eficientes para
combatir este tipo de sucesos, el miedo sigue imperando y catorce muertos en
menos de 72 horas dan fe de ello.



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